


El Protocolo en España: Ayer y hoy.
El
protocolo se centraliza en los siglos de monarquía visigótica. En Toledo, los
Obispos de Toledo, van a tener una gran influencia en las ceremonias de la
entronización de los Reyes Visigóticos. A estos se les ungía, como en el resto
de Europa, con la unción religiosa, para después celebrar el juramento de
defensa de los privilegios de sus ciudadanos y la posterior coronación. Sólo así
entraban a formar parte del aparato del Estado.
Al
mundo europeo, los bárbaros van a traer un mismo protocolo caracterizado por
este aspecto religioso, pues son conscientes de la necesidad de conectar a la
autoridad elegida con Dios, es decir, de que ésta reciba el poder de Dios, para
luego implantar y solemnizar ese poder ante sus súbditos, hoy ciudadanos. Los
reinos que se van a suceder en España, como los Reinos de Castilla, Navarra o
Aragón, marcarán una gran diferencia respecto a este protocolo.
En el
Reino de Castilla no hubo una corte, ni casi normas escritas, durante este
período donde lo primordial fue la reconquista que protagonizó durante siglos.
Es la tradición oral la que impera en los palacios a los que va llegando la
reconquista.
Esto
no sucede en el Reino de Aragón, donde su proximidad y orientación al
Mediterráneo y sus posiciones en Córcega, Sicilia o Atenas ejercen una gran
influencia.
Los
Reyes de Aragón, al encontrarse más cerca del Papado (Italia), van a vivir un
renacimiento del aspecto religioso del protocolo. Hay que recordar que el
protocolo más antiguo escrito es la liturgia de la Iglesia Católica y que el
Soberano Pontífice posee símbolos, a través de los cuales y de su liturgia,
comunica mensajes que quiere transmitir al resto de los católicos.
En
Aragón, Pedro IV el Ceremonioso, escribió las ordenaciones de su casa y Corte,
el modelo según el cual iban a ser coronados los Reyes en la Casa de Aragón, en
Zaragoza (capital del Reino), por el Obispo de Tarragona y las normas escritas
taxativas que luego se extendieron y fueron copiadas por Napoleón Bonaparte. Nos
estamos refiriendo al sistema de autocoronación por la que los Reyes Aragoneses
tomaban la Corona de manos del Obispo, se coronaban a sí mismos y luego a sus
esposas, tal como haría Bonaparte con Josefina posteriormente.
Efectivamente, desde hace quinientos años, vivimos en nuestro país según el Uso
de Borgoña, que introdujo en España Carlos V, el Emperador Carlos I de España.
La Borgoña de los siglos XIV y XV era un ducado vasallo del Rey de Francia: el
tercer hijo del Rey de Francia era el Duque de Borgoña. Era un ducado pequeño
que hereda una serie de territorios al Norte de Francia gracias a unas alianzas
patrimoniales, convirtiéndose desde hace ya casi seiscientos años en el centro
del poder económico europeo.
El
Ducado de Borgoña, entonces ya centro económico, crea un interesante protocolo a
principios del siglo XV. El Duque Felipe el Bueno de Borgoña decidió crearlo
para imponer su autoridad y renombre frente a las demás Monarquías Europeas:
Inglaterra, Francia, Alemania y Castilla y Aragón.
En
1548, Carlos V deseaba que su hijo Felipe lo sucediera en el Imperio. Para
preparar a su hijo en un futuro cargo imperial, introdujo al Príncipe Felipe en
el Uso de Borgoña. Fue el III Duque de Alba, Mayordomo Mayor del Emperador,
quien le enseñaría este Ceremonial Uso de Borgoña al Príncipe Don Felipe en
Valladolid. Hoy sabemos que el 15 de agosto de 1548 se le empieza a servir al
Príncipe según el Uso de Borgoña.
Felipe II introdujo los primeros cambios en este protocolo. Tras viajar a los
Países Bajos, decide promulgar una Pragmática de cortesías en 1586. Felipe II se
sentía abrumado por las exigencias del protocolo borgoñón y lo rechazaba, por lo
que dicta esta pragmática con el objetivo de poder adaptar el protocolo de
Borgoña a los usos castellanos, compaginando ambas normativas y costumbres.
Entre las normas que creó, podemos destacar el uso característico en nuestro
país del término Señor para hacer referencia al Jefe de Estado o Rey,
sustituyendo al de Alteza y frente al uso de Majestad, referido a los
Emperadores.
Todos
los monarcas de la Casa de Austria estaban imbuidos por este protocolo de
Borgoña, cuyo mejor reflejo es el Monasterio de El Escorial. La separación de
las aulas en el Palacio de El Escorial, cuya importancia aumenta según su grado
de proximidad al Soberano, sigue vigente en las salas del Palacio Real y en todo
nuestro ceremonial.
La
Casa de Austria se distinguió siempre por su admiración hacia el protocolo de
Borgoña. Felipe III se caracterizó por su inclinación por el protocolo
religioso. Felipe IV supuso el momento culminante para la Monarquía Barroca
Española así como el triunfo absoluto del protocolo de Borgoña. Carlos II, el
último de los Reyes de la Casa de Austria, fue un esclavo del protocolo por cuan
todo su comportamiento estaba regido por aquello que dictaminaba y le permitía
la norma protocolaria.
Con
la llegada de los Borbones, una renovadora concepción del protocolo irrumpe en
el encorsetado protocolo borgoñón de Carlos I. Felipe V, junto con sus
consejeros franceses, se encuentra una España endogámica, una corte encerrada en
sí misma, inundada de enanos y bufones y un pueblo vestido de luto, por lo que
decide cambiar el sistema de gobierno y, con él, también a las personas. La
Corte francesa giraba en torno a un sistema de actos y continuidad de la vida
política impulsada por el Soberano, donde la ceremonia y la precedencia eran ya
muy importantes. La modernización del sistema de administración del Estado, a
manos de Felipe V, trae a España el incipiente organigrama del Estado con la
creación de la figura de los Secretarios de Estado.
Don
José de Grimaldo fue el Primer Secretario de Estado y del Despacho, quien
estableció unas normas escritas de protocolo en la recepción de embajadores del
extranjero que aún siguen vigentes.
Esto
quiere decir que las recepciones que se realizan hoy en el Palacio Real, ya se
habían definido en el ceremonial de 1717.
Asimismo, la figura del Conductor de Embajadores, o Introductor de Embajadores,
que entonces llegó a España y que hoy es el cargo más antiguo de la
administración española, era un figura copiada, y en esto estoy de acuerdo con
la Doctora Mª Teresa Otero, por Felipe IV del Maestro de Ceremonias de Enrique
II de Francia.
Otra
de las aportaciones de la modernización puesta en marcha por Felipe V fue la
paulatina desaparición del sistema procedente de los Grandes de España, clase
política creada por Carlos V y que habían llegado a monopolizar los altos cargos
en nuestro país y las ceremonias que en él se celebraban. Esta situación,
heredada de la época de los Reyes Católicos, se prolongó hasta la etapa de
Alfonso XIII. La reina Isabel la Católica había quitado el poder político y
económico a la nobleza castellana, otorgándoles a cambio los cargos palatinos
que se convertían en cargos hereditarios. De esta forma, son las mismas
familias, desde la época de los Reyes Católicos, las que van a monopolizar los
grandes cargos de Gentiles Hombres, Aposentadores, Mayordomos...
Los
consejeros de Felipe V no van a eliminar totalmente a los Grandes de España pero
sí que introducen a funcionarios como los Secretarios de Despacho, que van a
tener un poder muy similar a aquéllos.
Con
Carlos III se produjeron nuevos cambios en el ámbito del ceremonial y el
protocolo. El Rey Carlos III fue el creador, en cierta manera, de la Bandera e
Himno Nacionales.
El
origen de nuestro himno, por lo tanto, no se encuentra en una composición
musical que, como cuenta la leyenda, regalara el Rey Federico de Prusia al Conde
de Aranda.
Fue
una Marcha de Pífanos, convertida en Marcha de Honor por Carlos III y no
reglamentada como Himno Nacional hasta mucho después. Fue Alfonso XIII el que
convirtió esta Marcha Real, que se había conservado en palacio, en Himno
Nacional por una disposición de 1908, en la que el maestro Pérez Casas orquesta
el himno que ha estado vigente en España hasta hace cinco años.
Carlos III creó también la Bandera Nacional o Bandera de la Armada en 1785. En
un momento histórico en el que toda Europa mediterránea estaba en manos de los
Borbones y se empleaba la bandera blanca con las armas del soberano de cada país
en los buques de la Armada, Carlos III creó una bandera que diferenciara en la
mar a sus buques y fuera fácilmente identificable.
Para
esta bandera, Carlos III escoge los colores rojo y amarillo, porque son los
colores que mejor se distinguen en la distancia. Aunque estos tonos tenían sus
antecedentes en la bandera que ondeaba en el Reino de Nápoles y en el Reino de
Aragón, los motivos por los que pasan a la Bandera de la Armada fueron de
carácter pragmático: poder diferenciar a los buques en la mar.
Por
ello, la bandera roja y amarilla pasaría después de los buques de la Armada a
los ejércitos de tierra, convirtiéndose finalmente en la Bandera Nacional. Esto
no ocurrió hasta 1860, en la Guerra de África. Los diez mil soldados españoles
que intervinieron en dicha guerra llevaban en sus mochilas la bandera roja y
amarilla con que serían posteriormente enterrados.
De
nuevo fue Alfonso XIII quien reglamentó su uso por la disposición de 1908, junto
con el Himno Nacional. Alfonso XIII dispone que la Bandera Nacional bicolor
ondee en los edificios públicos los domingos y los días de fiesta. Hasta
entonces la Bandera sólo había ondeado en las fuerzas del ejército de tierra y
en la Armada.
Ninguno de los regímenes políticos que se sucedieron en el siglo XIX
introdujeron cambios en la bandera. La Segunda República lo hizo en 1931,
cometiendo el error de modificar una bandera que había sido adoptada por el
pueblo desde 1860. La Segunda República identificó los colores de la bandera con
la Dinastía Alfonsina y los cambió por los colores republicanos.
Tras
Carlos III, tenemos que hacer una referencia obligada al reinado de José
Bonaparte, quien en cinco años innovó el protocolo español. En 1809, introdujo
las llamadas “Etiquetas”, donde se establecía quiénes iban a ocupar cada una de
las siete salas del Palacio Real, siendo estas etiquetas reglamentadas
posteriormente por la Orden Real de 1908 de Alfonso XIII.
José
Bonaparte suprimió las órdenes existentes en la época de Carlos III y creó una
serie de disposiciones de carácter protocolario: creó la Orden Real de España,
copiando la Legión de Honor, cambió el Escudo de España (que tenía el águila
imperial) e introdujo por primera vez, en dicho escudo, las Armas de Navarra.
En el
siglo XIX van a surgir las primeras disposiciones escritas sobre protocolo
promulgadas en la Gaceta de Madrid.
Así,
entre 1856 y 1861, durante el reinado de Isabel II, se escribe un organigrama
del Estado en el que aparece reflejado por primera vez el poder civil. En una
disposición de 1856, Isabel II establece la que yo llamo alternancia del poder
civil y militar, de modo que en los actos presididos por un representante del
poder civil, el militar estará a su derecha y viceversa.
La
Primera República, vigente sólo durante once meses, derogó muchos Títulos y
Honores, mantuvo la Bandera bicolor como símbolo de la Nación, pero no tuvo
tiempo para introducir nuevos usos protocolarios.
El
reinado de Alfonso XIII, con el que se inaugura el nuevo siglo XX, representa
uno de los momentos más importantes del protocolo español. Como hemos visto, es
entonces cuando se reglamenta el uso de la Bandera Nacional y el Himno Nacional
y se establece la última disposición protocolaria. Se trata de la Orden del Rey
de 1908 firmada por el Jefe Superior de Palacio, publicada en la Gaceta de
Madrid y refrendada por el Presidente del Consejo de Ministros. Esta Orden de
1908 recoge las Etiquetas de José Bonaparte, pues en ella se establecen las
siete grandes categorías de precedencias en el organigrama del Estado Español
que van a ocupar las siete salas del Palacio Real. Sería la última ocasión en
que estas siete categorías serían ordenadas según el Uso de Borgoña: un orden
que atiende no a lo que son las personas sino a lo que habían sido sus
antepasados (Cardenales, Grandes de España, Caballeros del Toisón de Oro...)
Tras
la época alfonsina, durante la dictadura de Primo de Rivera, éste intentó
cambiar el protocolo, pero en 1926 dicta una orden circular en la que confiesa
no poder establecer unas normas de carácter general dada la dificultad y
complejidad del momento histórico por el que atraviesa nuestro país. Este
preámbulo refleja, a mi entender, la España de finales de los años veinte, en
los que el Antiguo Régimen tenía que sucumbir ante una incipiente sociedad
civil.
Fue
la Segunda República la que provocó esa ruptura definitiva con el Antiguo
Régimen, y también con las normas protocolarias existentes. Se cambió el Himno,
la Bandera y el Escudo; se abolieron las grandes condecoraciones del Toisón de
Oro, de Carlos III y la Orden de Mª Luisa; se derogaron los Títulos de Grandes
de España, etc.
En
1941 el General Franco dictamina por primera vez que la Marcha Real será el
Himno Nacional de España, siendo ésta la primera vez que se habla del Himno
Nacional como tal.
La
bandera que se estableció en Burgos en 1936 fue la Bandera de la antigua
Monarquía. El enfrentamiento de las banderas de cada bando durante la Guerra
Civil continúa hoy día como resquicio de aquella lucha interna que dividió al
pueblo español. Debido a esto, nuestro país no ha consolidado el sentimiento de
pertenencia a una bandera como ha ocurrido en otros países.
El
General Franco no estableció ninguna disposición de protocolo hasta el final de
su gobierno en 1968. En este año, Franco promulga un reglamento llamado de
Precedencias y Ordenación de Autoridades y Corporaciones, en el que establece un
organigrama de Estado con objeto de perpetuar la situación política.
Este
Reglamento de Precedencias y Ordenación de Autoridades y Corporaciones,
establece ya una moderna clasificación de actos y autoridades públicas, pues
delimita el ámbito de aplicación de ordenación del Estado a los actos oficiales
(excluyendo los actos privados, sociales, deportivos o religiosos) y a los
cargos públicos. En el año 1975, con la Transición Española, este reglamento
pierde vigencia dado que han desaparecido gran parte de las autoridades de la
época del General Franco y se han definido otros nuevos cargos no contemplados
en él.
El
caos protocolario de la época evidencia la necesidad de crear un nuevo
ordenamiento de protocolo, pues emerge una de las premisas que así lo estipulan:
el cambio constitucional o paso del régimen autoritario de Franco a una nueva
monarquía parlamentaria.
El
primer gobierno socialista de Felipe González impulsó este cambio protocolario
con un nuevo Ordenamiento General de Precedencias en el Estado (Real Decreto
2099 / 1983, de 4 de agosto), donde pusimos en práctica la Constitución
Española, aplicándola a una disposición escrita de rango protocolario.
Hoy
día siguen vigentes en nuestro país 16 disposiciones legales que establecen
normas de protocolo y que nacieron con la Constitución y perfilaron en menos de
diez años. Son disposiciones sobre la Bandera, el Himno, el Escudo, los
Estatutos Especiales que existen, así como los Tratamientos, Títulos y Honores.
El
Ordenamiento General de 1983 es básicamente constitucional y así lo recoge su
prólogo, donde se reconocen unos principios básicos referidos al establecimiento
del nuevo Estado social y democrático de derecho, bajo la forma política de una
Monarquía Parlamentaria. Reconocía así la nueva estructura de poderes,
culminados por el Tribunal Constitucional, órgano máximo al que corresponde la
interpretación última de la Constitución.
Una
de las grandes aportaciones de este ordenamiento es el reconocimiento y
consideración del poder de las Comunidades Autónomas, llegándose a definir dos
precedencias diferentes, para su aplicación bien en actos celebrados en Madrid,
como capital de España y sede de las Instituciones Generales del Estado, bien en
el resto de las Autonomías. De este modo, se consigue dar primacía a la
prelación, la simbología y al mensaje de las autoridades autonómicas sobre las
autoridades del Estado, no sobre los poderes del Estado, en los actos celebrados
en las Comunidades Autónomas, puesto que son las autoridades máximas elegidas
por la propia autonomía.
Existe un Real Decreto del seis de noviembre de 1987, la disposición de
protocolo más importante después de la Constitución, donde se establece el uso
de los Tratamientos, Títulos y Honores Oficiales que tanto interés suscitan.
Según
esta disposición, el Jefe de Estado tendrá el título de Rey y Majestad. La Reina
Consorte, mientras lo sea o permanezca viuda, mantendrá los mismos títulos: será
Reina y se le llamará Majestad. Si se casara perdería todas sus prerrogativas.
El Príncipe de Asturias y su esposa, la Princesa de Asturias, tendrán el
tratamiento de Alteza Real y los Honores que se le reconocen en el Ordenamiento.
Los hijos del Rey de España o del Príncipe de Asturias tendrán el tratamiento de
Infantes de España, pero no sus maridos o consortes, que tendrán los
tratamientos y honores que el Rey les conceda graciosamente.
Como
hemos visto, el uso de Tratamientos, Títulos y Honores está muy circunscrito,
puesto que ya no existen dentro de la Administración.
Para
terminar, quisiera hacer una última observación sobre la enorme importancia del
protocolo en la comunicación institucional: el protocolo es el instrumento de
comunicación del poder, a través del cual el Estado transmite su mensaje, son
las relaciones públicas del Estado. Es decir, es la comunicación del mensaje la
que da sentido a un acto, independientemente de la perfección que se consiga en
la organización de la ceremonia.